Libertad(c.1) by Jonathan Franzen

Libertad(c.1) by Jonathan Franzen

Author:Jonathan Franzen
Language: es
Format: mobi
Tags: Prosa actual
ISBN: 9788498383973
Publisher: Salamandra
Published: 2011-12-20T23:00:00+00:00


LA IRA DEL HOMBRE BUENO

A última hora de una lúgubre tarde de marzo, bajo una llovizna fría y grasienta, Walter viajaba en coche con su ayudante, Lalitha, camino de las montañas del sur de Virginia Occidental procedente de Charleston. Aunque Lalitha era una conductora veloz y un tanto temeraria, Walter había acabado prefiriendo el malestar de ser su pasajero a la ira justiciera que lo consumía cuando se ponía él al volante: la sensación en apariencia ineludible de que, entre todos los conductores de la carretera, sólo él iba exactamente a la velocidad correcta, sólo él alcanzaba el debido equilibrio entre obedecer puntillosamente las normas de tráfico y transgredirlas peligrosamente. En los últimos dos años había pasado muchas horas coléricas en las carreteras de Virginia Occidental, pegándose a los idiotas que iban a paso de tortuga y luego reduciendo la velocidad para castigar a los maleducados que se pegaban a él, cerrando el paso implacablemente en las interestatales a los gilipollas que intentaban adelantarlo por la derecha, pasando él mismo al carril derecho cuando un cretino o un maniaco del móvil o un mojigato puntilloso con los límites de velocidad obstruía el carril rápido; elaborando el perfil y psicoanalizando obsesivamente a los conductores que se negaban a usar los intermitentes (casi siempre jovenzuelos para quienes el uso del intermitente era al parecer una afrenta a su masculinidad, ya puesta en tela de juicio, como evidenciaba el gigantismo compensador de sus pickups y todoterrenos); experimentando un odio asesino hacia los camioneros que transportaban carbón y circulaban por carriles prohibidos, responsables literalmente de un accidente mortal por semana en Virginia Occidental; culpando con impotencia a los corruptos legisladores del estado que se resistían a disminuir el límite de peso de los camiones de carbón por debajo de las cincuenta toneladas pese a las clamorosas pruebas de los estragos que causaban; mascullando «¡Increíble! ¡Increíble!» cuando un conductor frenaba delante de él en un semáforo en verde y de pronto aceleraba para pasar en ámbar y lo dejaba a él encallado en el rojo, reconcomiéndose mientras esperaba un minuto entero en cruces sin tráfico transversal visible a kilómetros de distancia, y tragándose dolorosamente, en atención a Lalitha, los improperios que de buena gana habría soltado al verse obstaculizado por un conductor que se negaba a realizar un giro permitido a la derecha con el semáforo en rojo: «¡Vamos! ¡Que no te enteras! ¡No estás solo en el mundo! ¡Los demás existimos! ¡Aprende a conducir! ¡Espabila!» La subida de adrenalina cuando Lalitha pisaba el acelerador a fondo para adelantar camiones que forcejeaban cuesta arriba era preferible al estrés que padecían sus arterias cerebrales al sentarse él mismo al volante y quedarse atascado detrás de aquellos mismos camiones. Así podía contemplar los bosques de los Apalaches, con sus árboles sin hojas alineados como cerillas y las cimas estragadas por la minería, y encauzar su ira hacia problemas más dignos de ella.

Lalitha estaba exultante mientras ascendían como si nada en su coche de alquiler los veinticinco kilómetros



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